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HENRY MILER ...en el baño.

Por alejo69 - 10 de Noviembre, 2005, 15:04, Categoría: General

(artículo de muestra) LECTURAS EN EL RETRETE (el ojo del sur)

Hay un tema relacionado con la lectura de libros que creo que vale la pena desarrollar porque implica un hábito que es muy generalizado y sobre el cual, que yo sepa, muy poco se ha escrito: me refiero a la lectura en el retrete. Siendo joven, en busca de un lugar seguro donde devorar los clásicos prohibidos, a veces acudía a refugiarme en el cuarto de retrete. Desde esa época juvenil ya nunca volví a leer en el retrete. Cuando busco paz y quietud tomo el libro y me marcho al bosque. No conozco mejor lugar para leer un buen libro que las profundidades de la floresta. Con preferencia junto a un arroyo.

Inmediatamente busco objeciones. "¡Pero no todos tenemos la fortuna de usted! Tenemos empleos, vamos al trabajo y regresamos de él en tranvías, ómnibus y subterráneos atestados; a duras penas tenemos un minuto que podamos llamar nuestro."

Yo mismo fui "trabajador" hasta los treinta y tres años. Fue en este período temprano de mi vida cuando realicé la mayor parte de mis lecturas. Invariablemente leía en condiciones difíciles. Recuerdo que cierta vez me reprendieron al sorprenderme leyendo a Nietzsche, en vez de corregir el catálogo de pedidos por correo, que era entonces mi ocupación. Ahora que lo pienso comprendo que fue afortunado que me hayan despedido. ¿Acaso Nietzsche no fue mucho más importante en mi vida que el conocimiento del negocio de los pedidos por correo?

Por cuatro años consecutivos, en el trayecto de ida y vuelta entre las oficinas de la Everlasting Portland Cement Co. y mi casa, leí los libros más "pesados". Leía de pie, apretujado por los cuatro costados por pasajeros como yo. No solamente leía durante estos viajes en el ómnibus sino que memorizaba extensos pasajes de esos tomos demasiado compactos. Aunque no hubiera servido para otra cosa, fue un valioso ejercicio en el arte de la concentración. En este empleo muchas veces me quedaba trabajando hasta muy avanzada la noche, por lo general sin almorzar, no porque quisiera leer durante la hora del almuerzo sino porque no tenía dinero para comer. De noche cenaba de prisa y corría a reunirme con mis compañeros. En esos años, y por muchos años más, raras veces dormí más de cuatro a cinco horas diarias, pero leía enormemente. Además, repito, leí -por lo menos para mí- los libros más difíciles y no los fáciles. Nunca leí para matar el tiempo. Raras veces leo en la cama, a menos que me sienta indispuesto o finja sentirme para gozar de un breve descanso. Contemplando el pasado, me parece que siempre leía en posición incómoda. (Que es la forma en que escriben la mayoría de los escritores y pintan la mayoría de los pintores, según compruebo.) Pero lo leído penetró. Lo importante es, y debo recalcarlo, que leía sin desviar la atención y con todas las facultades que poseía. Cuando jugaba me sucedía lo mismo.

De vez en cuando iba a pasar la noche en la biblioteca pública, para leer. Eso era como ocupar un palco en el paraíso. A menudo, cuando abandonaba la biblioteca, decía para mis adentros: "¿Por qué no vienes más a menudo?" El motivo de que no lo hiciera, por supuesto, era que la vida se interponía en el camino. Uno muchas veces dice la "vida" para indicar el placer o cualquier distracción tonta.

De vez en cuando iba a pasar la noche en la biblioteca pública, para leer. Eso era como ocupar un palco en el paraíso. A menudo, cuando abandonaba la biblioteca, decía para mis adentros: "¿Por qué no vienes más a menudo?" El motivo de que no lo hiciera, por supuesto, era que la vida se interponía en el camino. Uno muchas veces dice la "vida" para indicar el placer o cualquier distracción tonta.

Por lo que he podido establecer mediante conversaciones con amigos íntimos, la mayor parte de la lectura que se hace en el retrete es lectura inútil. Las revistas gráficas, los folletines, las novelas policiales y de aventuras, y todos los cabos sueltos de la literatura, esto es lo que la gente lleva al baño para leer. Algunos, según me dicen, tienen estantes con libros en el cuarto de baño. Su material de lectura los espera, por así decirlo, como los espera en el consultorio del dentista. Es sorprendente la avidez con que la gente examina el "material de lectura", según se lo llama, que encuentra en grandes pilas en las salas de espera de los profesionales. ¿Será para distraer la mente de la dolorosa prueba que los aguarda? Mis limitadas observaciones me indican que estos individuos ya han absorbido más de lo que les corresponde en cuanto a los "acontecimientos de actualidad": guerra, accidentes, más guerra, desastres, guerra otra vez, homicidios, más guerra, homicidios, más guerra, suicidios, guerra de nuevo, asaltos de bancos, nuevamente guerra y más guerra, fría y caliente. No cabe duda de que estos son los mismo individuos que tienen la radio funcionando prácticamente todo el día y la noche, que van al cine con la máxima frecuencia posible -donde reciben más noticias frescas, más "acontecimientos de actualidad"- y que compran televisores para sus hijos. ¡ Todo para estar informados! ¿Pero saben algo que realmente valga la pena saber sobre estos acontecimientos que conmueven al mundo?

La gente podrá insistir en que devora los diarios o pega las orejas a la radio (a veces las dos al mismo tiempo) para mantenerse al corriente de las actividades del mundo, pero esa es pura ilusión. Lo cierto es que apenas estos tristes individuos no están activos, no están ocupados, adquieren noción de un siniestro y doloroso vacía dentro de sí mismos. Francamente no importa con qué papilla se harten, lo importante es no ponerse cara a cara frente a sí mismos. Meditar sobre el problema del día, o siquiera sobre los problemas personales, es lo último que el individuo normal quiere hacer.

Inclusive en el retrete, donde uno creería innecesario hacer algo, pensar algo, donde por lo menos una vez por día uno se encuentra a solas consigo mismo y todo lo que suceda sucede automáticamente, hasta este momento de gloria, porque es en realidad un tipo de gloria menor, debe ser interrumpido mediante la concentración en el material impreso. Creo que cada cual tiene su tipo de lectura preferida para la intimidad del excusado. Algunos navegan por largas novelas; otros, en cambio, sólo leen la hojarasca más superficial. Algunos, no cabe la menor duda, simplemente vuelven las páginas y sueñan. ¿Cómo son los sueños que sueñan?, nos preguntamos. ¿De qué se tiñen sus sueños?.

Henry Miller.

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